La religión no es lo mismo que la fe

13/04/2014 § Deja un comentario


Cuando me acomodé frente al televisor para ver la película que tanto me había recomendado Jorge pensé que vería algún drama griego con las sandalias y los vestidos de hombro destapado de rigor, pero este filme es sobre feminismo, ciencia, fe, religión, amor, pasión, celos y astronomía. Se las recomendaría para estas vacaciones pero no es apropiada para Semana Santa. Salvo, por supuesto, que sean ateos.
Y, valga la aclaración, yo lo soy.
Créanme, lo pienso antes de escribirlo en esta columna, en un diario que circula en la ciudad en donde aún viven mis padres y hermanas, quienes sin duda recibirán miradas acusatorias -cuando no reclamos frenteros- de por qué permitieron que me desviara, pero en este camino que  he emprendido sobre la honestidad y la vulnerabilidad he decidido no ocultar esta parte de mi, y filmes como Agora me hacen asirme a mi fe con más fuerza. Sí, dije fe, porque los ateos tenemos fe: tenemos fe que dios no existe, al menos no el me enseñaron en clase de Religión.
No sé a ustedes pero a mí me enseñaron que el dios en el que Hay Que Creer es uno sólo, es masculino, es todopoderoso y decide sin rima ni razón permitir que unos sufran mientras salva a otros y que nadie tiene por qué cuestionar su sistema de salvación/condenación. Ese es el dios que permite el cáncer y los tsunamis y el holocausto y me cuesta mucho creer que puede evitar pero escoge permitir el dolor de unos para enseñarnos una lección a los demás.
Algunos amigos me han intentado actualizar en cuanto al concepto de dios, decirme que vivir con su presencia hace más llevaderas las penas, pero esto tampoco tiene sentido. Si lo más que dios tiene para ofrecer es resistencia y aguante su aporte es, a lo sumo, comparable con la meditación.
Cuando digo que creo que existe Algo pero no creo que sea Eso, me dicen arrogante. En realidad es bastante humilde decir ‘no sé’. Porque eso hacemos los ateos, decimos que no sabemos cómo se creó el universo, qué pasa cuando morimos ni de dónde salió esa mariposa y hemos aceptado que tal vez nunca sepamos. Eso es todo menos arrogante.
Por eso, con humildad atea, veo Agora y lloro la muerte de Hipatia y con ella la muerte de la igualdad intelectual y el surgimiento de un régimen misógino de crueldad e ignorancia cuyas consecuencias nos atocigan aún hoy, y todos los días.
En esta Semana Santa muchos preferirán ver películas que reafirmen su noción de que hay Una Sola Cosa en la que se Debe Creer. A ellos les recuerdo las palabras de Bertrand Russel (también ateo): “cuando se sorprenda enfureciéndose por una diferencia de opinión, póngase en guardia; probablemente encontrará, al investigar, que su convicción está yendo más allá de lo que permite la evidencia.
Lo mismo digo de la Fe.
* Esta columna apareció originalmente en el diario La Tarde con el título Confieso que he visto Ágora  de Alejandro Amenábar el domingo 13 de abril de 2014.

En defensa de los cuentos de hadas

05/04/2014 § 2 comentarios


Esta semana ha sido particularmente nefasta en temas noticiosos. Una joven fue víctima de un ataque con ácido, hay revocatorias, despidos, abusos y maldad en todas las estaciones de radio, en todas las notas del noticiero y en cada página del periódico. He llegado al punto en que no quiero saber más de esas noticias. Y sí, soy consciente de la ironía de que yo, siendo periodista y escribiendo esta columna que aparece en un periódico, diga que declino cualquier invitación a enterarme de la “vida real”, pero ahí lo tienen: de ahora en adelante no veré sino muñequitos animados y procuraré leer sólo libros con dibujos.
Algunos dirán, por supuesto, que la mía es una alternativa ingenua, tal vez hasta cobarde, y que huir de la realidad es peor que enfrentarla, pero discrepo.
Y no estoy sola. Es más, tengo muy buena compañía. Resulta que justo hoy estaba leyendo algo de J.R.R Tolkien, uno de mis autores preferidos de todos los tiempos. Tolkien dio una charla sobre los cuentos de hadas que aparece como ensayo en el apéndice del libro Cuentos desde el Reino Peligroso. En él, el legendario autor dice que la idea de que los cuentos de hadas son para niños es absurdo y que nadie debería escribir “para niños” porque la fantasía es para todos.
Me gusta esa idea y se me ocurre que la verdad es que la fantasía sí escribe para niños, pero para el niño o la niña que todos llevamos dentro, que según Maya Angelou nunca crece y permanece fresco como una magnolia toda la vida (conozco gente con la magnolia marchita pero esa es otra historia).
Dice Tolkein, y lo dice bellamente, que “La fantasía creativa, dado que está tratando de hacer algo (crear algo nuevo), puede abrir un reserva interna y permitir que todas las cosas allí encerradas salgan a volar como aves enjauladas”. Admito que pasé mucho rato con visiones de emociones aladas saliendo de mis oídos (por alguna razón me pareció que sería una pista de despegue lógica). Pero más allá de la idea de darle alas a lo que uno tiene encerrado, la frase me dio argumentos para enfrentarme a la gente que asegura que preferir una novela a un periódico es escapista, que ver Disney Channel es pueril y que el mundo no va a cambiar porque yo lo evada. Ah, pero es que no han entendido que no tengo intenciones de cambiar el mundo. Sólo estoy cambiándome a mí misma.
Puedo decir orgullosamente que mis reservas tienen las jaulas vacías y por eso puedo prescindir por ahora de alcaide de la “actualidad”. No necesito que me “actualicen”; no soy un app.
Así que si sienten que se enferman por una sobredosis de realidad, los invito a leerse un cuento de hadas, pero de hadas de verdad y ojalá con princesas y caballeros. Verán cuán bien le cae una escapadita a su niño interior.

 

* Esta columna apareció en el diario La Tarde el domingo 6 de abril de 2014 con el título Confieso que he leído Cuentos desde el Reino Peligroso de J.R.R Tolkien

Mi magia aún no está escrita

29/03/2014 § 5 comentarios


 Imagina una mujer de Patricia Lynn Reilly
Imagina a una mujer que cree que es justo y bueno ser mujer.
Una mujer que honra su experiencia y cuenta sus historias.
Que rehúsa cargar con los pecados de los demás en su cuerpo y en su vida.

Cómo me han impactado estas palabras hoy, justo hoy cuando hace pocas horas conocí a una mujer que vive en un cuerpo que considera su enemigo. Ella habita en territorio hostil. ¿Acaso no somos todas así? La mayoría, diría yo. Muchas, de eso no me cabe duda. Demasiadas porque con una sola que arranque el día poniéndose fajas para sacar la figura que no tiene, tacones para lograr la altura que cree que le falta, cremas rellenadoras para disimular las arrugas que no quiere reconocer y comiendo a escondidas las comidas a las cuales siente que no tiene derecho; con una sola que viva así ya hay de más.
Esta mujer que conocí hoy me hizo pensar en cómo muchas mujeres vivimos desde la percepción de la insuficiencia. No nos creemos lo suficientemente delgadas, jóvenes, altas, inteligentes, preparadas. Le hice a ella una pregunta que les he hecho a más de cien mujeres: ¿si su ídolo estuviera en el cuarto del lado, iría a verlo (o verla) tal como está en este momento? Hasta ahora, ninguna me ha dicho que sí; todas dicen que se tendrían que ir a la casa a cambiar de ropa y la mayoría irían a la peluquería antes de pensar siquiera en conocer a sus ídolos. La mujer de hoy ni siquiera piensa que en su clóset tiene la ropa indicada y me dijo que se haría cirugía antes de pensar en conocer a alguien tan importante. Y entonces le hablé de otra clase de mujeres, mujeres como la que describe Patricia Lynn Reilly, que “nombra a sus propios dioses [y] se imagina lo Divino a su imagen y semejanza”.
Yo conozco esa mujer. La he visto en el espejo sonriendo desprevenida y la he encontrado en algunas fotos en las que la luz del sol da justo donde debe dar y el obturador se disparó en el instante en el que la sonrisa es aún sincera, antes de que la preocupación por la papada y el temor por no tener una risa fotogénica le congelan el rostro en una expresión tragicómica de pánico y demencia. Pero no la veo todos los días. No ahora. No últimamente. Hoy la extrañé más que nunca pero sólo la encontré en las palabras de Maya Angelou que dice que baila como si tuviera diamantes en su entrepierna. No he logrado bailar así aún y no sé si sea capaz de enseñarle a la mujer que conocí hoy que su cuerpo no es un campo minado. Para hacerlo, tengo que empezar por creerlo yo. Por ahora, como lo dijo Audrey Lorde, creo que soy una mujer cuya magia aún no está escrita.

 

* Esta columna apareció el domingo 30 de marzo en el diario La Tarde como Confieso que he leído… Imagina una mujer de Patricia Lynn Reilly 

¿Me está hablando a mí o a mi cuerpo?

14/03/2014 § 6 comentarios


“No soy una princesa” de la serie “Whiteboard responses” en la que algunas mujeres tenían tableros en las que respondían a los comentarios de los hombres en las calles.

No es fácil describir lo que pasa cuando una mujer es víctima de un hombre que cree sinceramente que no está haciendo nada malo, o peor, honestamente convencido de que le está haciendo un favor. No estamos hablando de acoso ni de piropos desvergonzadamente sexuales o morbosos; esos son fáciles de detectar y los hombres que los propinan por lo general saben que son desagradables. No; estos son los comentarios que parecen inocentes, hasta coquetos, que salen de las bocas de los señores, de los padres de familia, de los vecinos y colegas que sienten que es su deber masculino ofrecer su opinión –no solicitada- sobre los cuerpos que ven.
Y he ahí el problema. Están evaluando un cuerpo. A ver les explico: cualquier comentario que vaya dirigido al cuerpo, así sea un comentario positivo, parte de la base de que ese cuerpo está allí para ser mirado, juzgado o evaluado, o de que las mujeres hacemos todo sólo por llamarles la atención.
Lo que muchos no entienden es que no es su trabajo hacer que una mujer se sienta bonita. Tampoco lo es hacerla sentir fea ni gorda, comentar sobre la manera como camina, la ropa que tiene puesta, la forma en que las diversas partes de sí reaccionan a la gravedad ni qué pensamientos ni antojos le produce el mirarla. Así crean que hacerlo es alegrarle el día, se equivocan. Hacerlo crea un ambiente en donde está bien pensar que las mujeres existimos sólo para ofrecerles placer visual.
Sé que es confuso. Lo era para mí también. No entendía por qué me molestaban tantos esos comentarios y aún más que cuando alguna tenía el coraje de informarles que sus opiniones no eran bienvenidas le contestaran pero por qué tan seria, no se ponga bravita y similares. Pero todo se aclaró cuando vi la obra y leí las palabras de Tatyana Fazlalidazeh sobre su proyecto “Stop telling women to smile”. Entendí que frases como no me gusta verte brava, no me hagas esa cara o regálame una sonrisa en realidad significan sólo quiero ver tu cuerpo y no me interesa saber lo que piensas ni sientes. Y como son frases amables, faltas de lenguaje grosero u ofensivo, pasan inadvertidas y los hombres que las dicen no entienden el daño que han hecho mientras que las mujeres que las oyen luchan por comprender por qué duelen tanto, por qué al oírlas sienten vergüenza, desconfianza y miedo.
¿Miedo a qué? A que la próxima vez no sean sólo palabras.
Algunos leerán esto y exasperados se preguntarán a qué horas se les acabó ese mundo tan regio en el que las secretarias se tenían de dejar manosear de los jefes, las mujeres se limitaban a sonrojarse discretamente cuando se les insinuaban en las calles y todo improperio quedaba cubierto bajo el manto de “el sí más dulce es el no de una mujer”.
Pero se les acabó.
Así que, de ahora en adelante, si lo que le va a decir a una mujer se lo diría a un hombre sin pena, hágale. Si no, mejor piense en otra cosa o quédese calladito.

“Dejen de decirles a las mujeres que sonrían y empiecen a darles motivos para que lo hagan.” Este hombre es mi héroe.

Esta columna apareció en el diario La Tarde en domingo 16 de marzo de 2014 con el título “Confieso que he leído No les digas a las mujeres que sonrían por Tatyana Fazlalidazeh”

Confieso que he leído “Alabanza de las sombras” de Jun’ichirō Tanizaki

08/03/2014 § 3 comentarios


Sombra de una flor de loto.

Sombra de una flor de loto.

Todo tiene nombre, hasta lo innombrable porque la decisión de no nombrar es cultural y aquello que no sabemos cómo vocear tiene voz en algún otro lugar. Esto lo sé desde niña porque me pasa con frecuencia que me topo con los límites de un idioma u otro todos los días.
Y a veces ninguno de los idiomas que hablo me basta y descubro fabulosas palabras en otros idiomas. Hace poco, por ejemplo, aprendí el nombre de algo que sacó de la mudez un sentimiento que hace rato cultivo: wabi sabi.
Wabi sabi es un término japonés que le da nombre a esa belleza imperfecta, incompleta, transitoria y rústica tan propia de la naturaleza: la hoja que se empieza a amarillar, el pétalo con pecas, la tabla de madera con grietas. Yo, sin saberlo, siempre me he sentido atraída por lo wabi sabi. De niña coleccionaba piedras, pero no gemas brillantes sino las piedritas grises con vetas blancas que se encuentra uno por ahí. Me sentí tan identificada con lo que leía sobre el tema que devoré escritos hasta que di con el ensayo de Jun’ichirō Tanizaki sobre las sombras.
Dice Tanizaki que mientras los occidentales buscamos erradicar la oscuridad a toda costa, los orientales cultivan sus misterios y gozan de la belleza que sólo la penumbra puede mostrar. Habla sobre la variedad de superficies que revelan sus secretos sólo a la luz de las velas, entre ellas la piel.IMG_5129
Coincido con él. Siempre me ha parecido que el blanco reluciente carece de personalidad, que la asepsia es estridente y, como dice el también japonés Saitō Ryokū, que la elegancia es frígida. Antes de leer a Tanizaki había lamentado la pérdida de la noche y me había dado cuenta de que al encontrar la manera de hacerle trampa estábamos más cansados que nunca. Ahora entiendo que no es sólo la oscuridad la que hemos perdido sino las sombras porque los occidentales, o al menos las occidentales, parecemos chapolas embobadas por la luz sin entender que sin sombra no hay descanso, no hay pausa y, peor aún, no hay misterio.
Y la belleza es puro misterio.
Hemos, sin pretenderlo, perdido algo esencial de nuestra estética, nuestra piel. La lupa, el espejo de aumento, la luz blanca del maquillador…toda nuestra cotidianidad está diseñada para exponer, para poner en evidencia. Pero poner en evidencia es un acto agresivo y vulgar pues todos sabemos que es mucho más interesante un viso reflexivo que un resplandor vacío.  O al menos yo lo sé. Aún hoy, cuando salgo a caminar con Matías, llegamos cargados de piedras, ramas, hojas y otros tesoros que exhibimos orgullosos en nuestra mesa especial, que de ahora en adelante llamaré mi estación wabi sabi.
Wabi sabi, ese nuevo sonido que llegó a mi vida para permitirme nombrar aquello que me recuerda, cuando me siento cansada, que el cansancio viene de ese baile mareador de exponer y tapar y que todo es más bello cuando nos dedicamos a adivinar y explorar. IMG_4438

Esta columna fue publicada el domingo 9 de marzo de 2014 en el diario La Tarde.

Confieso que he leído…

02/03/2014 § 1 Comentario


¿Qué importa por qué?

¿Qué importa por qué?

Once de Tyler Knoff Gregson.

Recién descubrí a Tyler Knoff Gregson y sus poemas breves diagramados de manera evocativa y nostálgica me tienen sonriendo sola. Uno llamado Once, en particular, me ha perseguido durante días. Dice algo como “Y me amaste tal y como era y siempre había sido, la respuesta y la pregunta no importaron ni importarían nunca”.
Es esa última frase la que me llega cada vez que la leo porque me recuerdan una de mis primeras noches como mamá durante la que Matías lloraba sin parar –como cualquier recién nacido- y yo abordé el tema con la única herramienta que había tenido hasta el momento: el conocimiento. Lo dejé en brazos de Jorge y me senté a Googlear. Busqué causas comunes de llanto, me metí a foros de discusión y estaba esperando para chatear en vivo con una niñera experta cuando Jorge me dijo unas palabras a la vez sabias e incomprensibles para mí: no importa por qué.
Mi primer instinto fue gritar ¿Cómo que no importa? Claro que importa. Es indispensable conocer todos los datos posibles, tener todas las teorías, hacer un cuadro sinóptico y una matriz de referencias cruzadas para identificar la causa y darle solución.   
Pero él no me dio oportunidad de hablar. Me entregó a nuestro hijito y yo sin pensarlo lo mecí en mis brazos. Se quedó dormido plácidamente pocos minutos después y no se volvió a despertar más.
Y entendí lo que Jorge me estaba tratando de decir.
A veces no importa por qué. Algunas veces, y no son pocas, tampoco importa quién, cómo, cuándo ni dónde. Esas preguntas tan importantes en el periodismo a veces no son tan relevantes en la vida. La verdad, a veces tratar de entender algo nos distrae del tratar de resolverlo, y para mí ese es un verdadero reto.
Antes de ser mamá, siempre quería entender. El mundo tenía que entrarme por el cerebro antes de poderlo pasar al corazón. Si no tenía sentido, no tenía importancia.
Ahora que soy mamá entiendo a Tyler y a Jorge y a todas las personas que saben que el conocimiento irrefutable y científico y lógico es sólo una manera de conocer el mundo, pero no la única. Cómo me ha costado desprenderme de ese por qué…por qué no entiendes, por qué no eres capaz, por qué lo hiciste, por qué dejaste de hacerlo. Y también del déjame te explico, es que no has entendido, ven te doy otro ejemplo.
Pero todos esas preguntas las he ido soltando como barquitos de papel.
Al fin entendí que ni las preguntas ni las respuestas importan mucho cuando hay amor. Cuando hay amor, importan las acciones. Importan las intenciones. Importa lo que no se puede explicar ni entender. Y cuando dejé de usar el “por qué”, aprendí una nueva palabra: gracias.

Confieso que he leído

01/03/2014 § 2 comentarios


Los regalos de la imperfección de Brené Brown

 
Emprender el camino hacia tener una relación más saludable conmigo misma, mi cuerpo, mente y mi alma no ha sido fácil y a veces me lleva a esquinas oscuras y puentes endebles que da miedo cruzar.
Y a veces es francamente humillante.
Resulta que estaba leyendo un pasaje que habla de la importancia de ser vulnerables y que el arte es imposible sin la vulnerabilidad. Si voy a tomarme en serio como artista debo empezar por reconocerme vulnerable y admitir que lloro viendo películas de Disney (y no sólo Bambi, lloré con el final de Congelados hace unas semanas y ni se quieren imaginar el torrente que fue la escena de Toy Story 3 cuando todos se cogen de la mano camino a la hoguera) y que el amor por mi hijo se me brota por entre los párpados al menos una vez al día.
Pero quería hacer más que eso, más que estar cómoda con mi vulnerabilidad en el presente. Quise indagar en mi pasado y reconocer los momentos en los que por tratar de hacerme la valiente o la adulta o la inteligente negué mis sentimientos y, como consecuencia, lastimé a otras personas. Pedí perdón a quienes tenía a la mano pero quise ir más lejos.
Aproveché la ocasión para llamar a un ex novio a felicitarlo por su cumpleaños y su respuesta no fue la que esperaba. Nos quisimos mucho alguna vez y quería darle las gracias por haber sido parte de mi vida, que lo recordaba con cariño, que yo era feliz y que me alegraba saber que él lo era. Quería contarle sobre mi hijo, que me contara historias sobre su hija, que recordáramos viejos tiempos y tal vez que descubriéramos algo en común después de tantos (¡veinte!) años. Pero mi llamada no lo hizo feliz y me trató como si le estuviera ofreciendo un seguro contra picaduras de pulga. Me despachó con velocidad y cortesía profesional y, después de preguntarme cómo lo había localizado -por internet, como lo habría hecho cualquier niño de ocho años- me colgó sin intenciones audibles de volverme a llamar ni recibir mis llamadas. Hasta el sol de hoy no ha querido ser mi amigo en Facebook y no sé si se ha dedicado a olvidar el incidente como una pesadilla o a burlarse de mí pensando que llamaba a pedirle que volviéramos. Me dolió. Mucho. Pero aprendí la lección: a veces el dolor no pasa, a veces la gente no perdona y no todo el mundo se alegra cuando el pasado llama a saludar.
Yo sigo creyendo que cualquier día que incluye una llamada de alguien que quiere decirte algo lindo es un buen día, que nunca es tarde para dar las gracias y que saber que fuimos importantes para alguien nunca está de más.
Pero tal vez sea sólo yo.
Por fortuna no hay más novios por llamar. Sólo fueron tres (estamos contando solamente los que ameritaron usar la palabra “amor”, no los de credencial de Timoteo ni los tinieblos) porque con uno hablo cada ratico y con el otro me casé así que esta humillación no se va a repetir. Pero si tuviera la posibilidad de hacerle llegar un mensaje a ese ex novio le diría que lamento haberlo lastimado, que supe antes que él que debíamos terminar y que tomé una decisión difícil por el bien de ambos pero que siempre habrá un lugar para él en mi corazón y que entiendo si no quiere tenerme en su vida ahora.
No hay canciones ni poemas para quien termina la relación. Todo es para el del corazón roto y no hay simpatía para quien lo rompe. No nos metamos mentiras, no he dejado precisamente una estela de corazones rotos en mi camino pero entiendo ahora que no sólo cargamos con nuestras tristezas, también cargamos con las que causamos. Y esas no sólo hay que lamentarlas; también hay que sentirlas.

 

Esta columna fue publicada en el diario La Tarde el domingo 16 de febrero de 2014

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