El color del vestido (y por qué nos debería importar)


El vestido de la discordia

El vestido de la discordia

Por si no se enteraron, la cantante escocesa Caitlin McNeill encontró la manera de dominar el mundo: tomar una foto de un vestido de color incierto lanzarla a Tumblr.
De Tumblr pasó a Twitter, de allí a Facebook y después se regó como pólvora la noticia de que había en el mundo una foto de un vestido que causaba polémica. Pero ojo, la polémica no fue porque el vestido fuera ni corto ni escotado ni transparente. No; el problema que dividió familias, parejas y partidos políticos, que tuvo a las redes sociales en pugna todo el día este pasado jueves fue que unas personas veían, en la misma fotografía, un vestido azul con negro (un 30%) mientras otras juraban que era blanco con dorado (la gran mayoría). Y ninguno de los dos lados quería ceder.
Más de 28 millones de personas han visitado la página de McNeill -un récord para Tumblr- y celebridades desde la Julianne Moore (cree que es dorado y blanco) hasta Taylor Swift (del equipo azul y negro) y Kim y Kanye (él lo ve azul y ella, blanco) han participado en la pelea, y medios como The Washington Post, la BBC y el New York Times (y ahora, La Tarde, siempre a la vanguardia en temas de prendas controversiales) han publicado reacciones, contratado expertos y lanzado teorías al respecto.
Pero ni las teorías ni el color verdadero me interesan tanto como el fenómeno mismo, el que tanta gente haya opinado tan apasionadamente sobre algo y se hayan sorprendido de la posibilidad de que alguien viera algo diametralmente opuesto a lo que ellos veían. La fotografía de este vestido nos confronta con el hecho de que el mundo no es como lo vemos. O mejor, no vemos el mundo como es porque en realidad no vemos sino que interpretamos, y la interpretación pasa por filtros físicos, sociales, culturales y psicológicos sin que nos demos cuenta y nos presenta con una falacia que llamamos “realidad”.
No me las quiero dar de existencialista, ni más faltaba, pero el cuento del vestido y el que nos haga contemplar la posibilidad de dos realidades mutuamente excluyentes pero igualmente válidas es una gran oportunidad para ver otras discrepancias bajo una nueva luz. Hay muchos temas, aparte de los cromáticos, en donde existe la posibilidad de que dos personas con posiciones aparentemente irreconciliables tengan la razón, y si el vestido nos conduce a una reflexión sobre la tolerancia y el respeto, bienvenido sea.
El color, para que sepan, no es más que un producto de la imaginación. Sólo existe en nuestras cabezas como algo que nos permite dotar al mundo de sentido. Tengan en cuenta eso la próxima vez que aleguen con la mamá porque lo que ustedes llaman camiseta verde ella lo ve como gris.
En cuanto al vestido, mi esposo y yo estamos de acuerdo: se trata de un error en La Matriz (llamen a Neo).

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Imagen de Getty Images

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Todos vivimos en una burbuja. Sólo nos llegan noticias sobre temas que nos interesan, leemos únicamente a los columnistas que opinan como nosotros, vemos nada más que los programas de televisión que sabemos de antemano que nos van a gustar gracias a las sugerencias de Netflix y Google nos ayuda a que los resultados de nuestras búsquedas sean las que más se acerquen a nuestra personalidad. Incluso la publicidad que veo en mi navegador está pensada para ser de mi interés. Y si no funcionan los algoritmos, tenemos la capacidad de enmudecer, achicar, ignorar y apagar todo lo que nos choca.
Este mundo hecho a la medida tiene sus ventajas pero todas ellas sumadas no contrarrestan a su mayor desventaja: no hay confrontación. Cuando todo está mandado a hacer, nada nos talla. Nada nos obliga a tener en cuenta que hay alguien que piensa algo diferente ni que hay grupos que defienden a gritos lo que yo critico a viva voz ni nos lleva a reflexionar sobre nuestras posiciones, porque cuando uno ve por todas partes lo que uno quiere ver es muy fácil pensar que todo el mundo es así.
Se hace más fácil aún cuando la diferencia se edita. O se expulsa. O se mata. Y esa forma de tratar a la diferencia me asusta, y al mismo tiempo, me hace agradecer mucho más este espacio y los editores que me han permitido decir en él lo que se me ha antojado. No sufrí el mismo destino de mi colega Yohir Akerman, pero nuestras posiciones eran similares. Tal vez su columna fue un paso más allá que la mía, o quizás El Colombiano es menos abierto que La Tarde y Pereira más tolerante que Medellín (también es posible que a mí me lean poco y mi impacto sea menor por lo que se considere que el mal que pueda causar con mi opinión es ínfimo). El caso es que hoy, sobre todo, aprecio y tomo muy en serio aquello de opinar en público porque entiendo que hacerlo trae consecuencias para los opinadores, pero no hacerlo genera problemas mucho más graves para la sociedad.
Es importante leer, oír y hablar con quienes piensan distinto. Es imperativo reconocer que hay otras ideologías, creencias y estilos de vida. Es incluso sano no estar de acuerdo con ellas. Pero para estar en desacuerdo con la diferencia hay que reconocer que existe, y silenciar las voces del desacuerdo hace que el mundo entero se quede sordo.

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En defensa de la incomodidad

Bebé rebabeand. Foto cotesía de Getty Images.

PALABRA: REBABA


Diccionario bizarro, el juego de las palabras reales con definiciones inventadas. La palabra de hoy es: REBABA. Mi definición inventada: Cuando uno no sólo babea sino RE-BABEA por algo o alguien, la sustancia que se excreta por la boca es una enzima llamada rebaja, que es como la saliva ordinaria pero con mayor cantidad de estaterina y opiorfina. Esto último se cree que ayuda a mitigar el dolor, particularmente el causado por las situaciones en las que aquél por la que una babea no se babea por una.

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Filástica

Guzla

La Defensa descansa.

En defensa de la incomodidad


El ave transgénero de Nueva Zelanda

Estuve esta semana en una charla sobre la libertad de expresión, el humor, la tolerancia y el otro, a raíz del ataque a Charlie Hebdo. Allí se habló mucho sobre los límites de la opinión, si deberían existir y si debería ser la sociedad o el estado quien los señale. Todos parecíamos intuir que en algún lado debería haber un punto medio entre el derecho a decir lo que pienso y el deber de respetar al otro, pero es fácil encontrarlo. Por mi parte, creo que ese punto medio yace en la línea entre la incomodidad y la ofensa. Incomodar, me parece, puede ser productivo. A veces hay que tener conversaciones incómodas con el fin de lograr avances en temas delicados, pero insisto en que incomodidad sale más barata que la intolerancia.
Fíjense, por ejemplo, lo importante que hubiera sido tener una conversación incómoda con quienes desde la Universidad de La Sabana emitieron su opinión acerca de la homosexualidad. Tal vez les habría molestado que les preguntaran sobre sus métodos y fuentes, sobre sus prejuicios, creencias, patrocinios y devociones. Incómodo, y mucho, habría sido preguntarles exactamente cuántos amigos homosexuales tienen, si conocen de primera mano a alguna pareja homosexual o si alguna vez tuvieron experiencias o incluso deseos homoeróticos. Claro, nadie quiere hacer esas preguntas. Y casi nadie quiere conocer las respuestas por embarazosas, pero más embarazoso sería afirmar que los homosexuales tienen problemas y son enfermos por ser homosexuales, cuando es igualmente plausible que tengan problemas porque hay personas problemáticas que insisten en decirles que son enfermos.
Y hablando de enfermedad, yo quisiera que me aclararan de dónde sale el concepto de lo normal y lo natural que usan estos científicos, pues afirman que los homosexuales no lo son y, sin embargo, las relaciones entre individuos del mismo sexo se han observado en cientos de especies animales. La pareja de pingüinos homosexuales que adoptó un huevo en el Central Park Zoo de Nueva York es uno de los casos más famosos, pero hay miles. Incluso en Nueva Zelanda hay un ave (anthornis melanura) transexual. Y cualquiera que haya tenido un French Poodle sabe el tema de género es bastante fluido en los caninos. Así que va la pregunta incómoda que todos deberíamos hacernos: si el comportamiento homosexual se encuentra enlas selvas, las praderas, los potreros, los mares y en dondequiera que haya animales, pero el comportamiento homofóbico sólo se encuentra donde hay (cierta clase de) humanos, ¿quiénes van contra lo natural y lo normal? Pero, claro, el informe del Departamento de Bioética (que tiene poco de Bio y no sé cuánto de ética) no aclara. En cambio, afirma que los estudios que revisaron no han sido concluyentes porque carecen de rigor científico para luego sacar de esos mismos estudios las bases para sus conclusiones. Eso es como hacer un cocido con carne podrida: no importa cuántos aliños se le echen, la sustancia apesta y el resultado nos va a enfermar.

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Asado de Pamporcino. Foto de Getty Images

PAMPORCINO


Bienvenidos a Diccionario, el juego de palabras reales con definiciones inventadas. La palabra de hoy es Pamporcino. La idea no es adivinar qué significa sino inventarse una definición que le cuadre o que nos haga reír.

Va la mía.

Diagrama de cómo usar un pamporcino para un asado.

Pamporcino: especie de cerdo enano que vive en la Pampa Argentina. Su uso para asados tradicionales gauchos los ha puesto en peligro de extinción.

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REBABA

BÁRATRO

CHÚCARO

Ensalada mediterránea



Hace unos días estaba fuera de casa a la hora del almuerzo. Busqué opciones saludables (porque había testigos) y di con una ensalada rotulada “Mediterránea” y la tomé sin mayores reparos. Ay, pero he debido reparar. Verán, el concepto de lo mediterráneo de esta ensalada desafía toda lógica, toda orientación, todo conocimiento de la geografía, la culinaria y, bueno, el sabor. La ensalada, armada en pisos, consistía de brócoli, tomates cherry, nueces, queso, coco, fresas y mi opción de vinagreta de aceite sospechoso y vinagre embalsamado o salsa incierta tirando a rosada.
No sabría decirles si la ensalada estaba rica o no porque la verdad es que la confusión pudo más que cualquier otra cosa y no pude dejar de pensar, mientras masticaba un bocado crocante tras otro, en la Venus de Milo usando brasier de coco.
La imagen me persigue hasta hoy.
Pero la cosa no termina ahí. Fui luego con una amiga y le mostré la dichosa combinación y ella se puso furiosa. Estábamos, señaló ella, en la cafetería de una universidad. ¿Acaso no debería yo, una profesora, decir algo? ¿No era mi responsabilidad velar por la buena educación de la juventud que allí almuerza?
La verdad no lo había pensado. Lo máximo que hice fue decirle a mi amiga que tal vez se debería llamar “nostalgia mediterránea de un isleño,pero nada más.
A lo mejor me pasa como a mi amigo Pasquale, italiano de pura cepa, quien se levantó en medio de cierta pizzería pereirana a gritar porque esa no era una pizza “verdaderamente napolitana” y que como ciudadano de Nápoles les prohibía usar su gentilicio como adjetivo para semejante porquería.
No estuve lejos de protagonizar una escena similar aquél día, mientras las fresas se mezclaban con los tomates y la salsa sospechosa me adormecía la lengua. Pero me contuve, en parte porque soy cobarde y en parte porque no sé si valga la pena dar la pelea. No sé si los creadores de la ensalada querían ser geográficamente correctos ni si les importe que la ensalada tiene menos de mediterráneo que el pepperoni de italiano (algo que aprendí hace poco en una pizzería donde un italiano me regañó y me dio una larga explicación sobre el origen del término pepperoni). Tampoco la gente que la consume parece alterada por la discrepancia. Tal vez, si yo no estuviera esperando tomates y aceitunas, habría disfrutado de la combinación de brócoli con coco.
Además, eso de andar por ahí corrigiendo cuanto aviso de “se hacen posos escépticos” veo en la carretera no me suena divertido. Ya bastante tengo con los que dicen “coptel”, “romboy”, “conscientizar” y “accequible”. Mejor dejo que cada quien coma lo que quiera y le ponga el nombre que le parezca. Y por ahí derecho me como una trufa y ruego por que me toquen alumnos que saben la diferencia entre mediterráneo y caribeño, o que la menos usen Google antes de cocinar.

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BÁRATRO


Estamos jugando diccionario y la palabra es:

Báratro. Del árabe. Significa plaza de mercado concurrida. De su uso mal acentuado nos viene la palabra barato, que originalmente significaba objeto de bajo precio que se consigue en un báratro.

Les toca-

Así me imagino un báratro, pero con más gente, más bulla y teteras de bronce en una esquina.

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