Cosas de niñas


“Necesitamos el feminismo porque no existen los juguetes de niñas ni los juguetes de niños y los colores son de todos”.

Ser mamá me ha concedido momentos me han hecho sentir como una combinación de Dalai Lama, Hillary Clinton y Bruce Springsteen.
Uno de estos momentos me llegó hace poco durante una clase de natación que recibía mi hijo de cinco años. El profesor intentaba usar la táctica anacrónica e ineficiente de la vergüenza, haciendo uso de frases como “eres un bebé con pañales” y “esas botas son de niña” para lograr que mi hijo se esforzara más. La filosofía anticuada, pero lamentablemente común, detrás de este tipo de estrategias es que la humillación es un buen estímulo y que no hay nada más humillante para un varón que ser comparado con una niña. Antes de blanquear el ojo, piensen cuántas veces han oído cosas como “llora como una niña, corre como una niña, mucha nena, si sigue así le va a llegar el periodo” u otros comentarios en la misma línea. Le aseguro que ha oído al menos uno esta semana. Es más, apuesto que de aquí a mañana habrá oído otro par y a lo mejor ni siquiera le vea el problema. Espere, ya le voy a explicar cuál es.
El problema con ese tipo de comentarios, es decir, de enseñarle a un niño que lo peor que él puede llegar a ser es niña, es que contiene la semilla podrida de la misoginia porque supone que ser niña es indeseable, malo, humillante, o, en cualquier caso, menos que ser niño. Cuando les dicen a los niños que no le van a comprar este juguete o ver esa película porque “es de niñas”, están contribuyendo con esa idea. Lo que el niño asimila es que las “cosas de niñas” son inferiores, que los “colores de niña” contienen un elemento tóxico que les inhibe la producción de la enzima del coraje, la valentía, la inteligencia, la recursividad y todas esas cosas buenas que salen de los juguetes con espadas y balas.
Pero no en mi casa. La mamá de mi hijo fue niña igual que sus abuelas y tías; tiene amigas niñas, tal vez algún se case con o sea el padre de una niña y no voy a enseñarle que nuestros gustos, ideas, habilidades, necesidades y sueños son inferiores a las de él.
Y al parecer, voy bien. A ese profesor, Mati le dijo, con total inocencia y paciencia absoluta: “Yo soy un niño grande. Tal vez no sabes cómo son los bebés. Yo te busco una foto en el teléfono de mi mamá” y luego, “No existen las botas de niños o de niñas sino los niños y las niñas con botas. Mañana le digo a mi abuelita que traiga las botas para que aprendas”. Ojalá haya aprendido. Ojalá aprendan todos que nuestras diferencias no nos hacen ni más ni menos; sólo distintos.

La sagrada opinión


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Hace unos días Lina, mi hermana, me compartió un ensayo sobre el derecho a la opinión que me pareció fascinante porque habla de la idea, popular si bien falaz, de que la opinión es sagrada.

Como profesora de Escritura de Ensayos de Opinión y Periodismo de Opinión, desbancar esa noción era labor de todo el semestre, aunque algunos nunca aprendían la lección. No sé de dónde salió eso de que toda opinión merece respeto, pero lo cierto es que ni es así, ni es esa defensa la panacea para todas las peleas que uno va perdiendo. Esa pataleta de ahogado se ha convertido en el “tapo” de todo el que agota el razonamiento o se queda sin argumentos. Es una falacia lógica simplemente porque el que usted tenga o no derecho a opinar no tiene nada que ver con que su opinión sea acertada, y muchos menos respetable. Invocar el derecho a opinar no justifica la opinión misma y es una manera de esquivar el debate, no de ganarlo.
Uno tiene, por supuesto, derecho a pensar lo que uno quiera y tiene derecho a expresar dichos pensamientos, pero la libertad de expresión sólo garantiza que usted puede hacer pública su opinión, no a que esta goce de estatus de intocable. Una vez salida de su boca, su opinión es bien de todos y cada quien verá si le parece honorable o no, pero uno no puede andar por ahí vociferando sandeces y amparándose en la sombrilla del respeto.
Claro, todo el mundo puede opinar. Muchos lo hacen. Pero hay una diferencia entre la opinión y la opinadera, como la hay entre el catador y el alcohólico. El que usted haga algo, incluso si lo hace con frecuencia, no significa que lo haga bien.
Ahora, es innegable que una buena opinión, bien pensada, bien argumentada y expresada de manera clara y oportuna, hace mucho bien. Sobre este principio está basado el periodismo de opinión, el debate, la retórica, la misma democracia. Tener la oportunidad de saber lo que otros piensan, así no estemos de acuerdo, es saludable para todos, como personas y sociedad. Pero ojo, que aquí viene lo importante: su derecho a opinar está en el mismo nivel que mi derecho a ignorar, estar en desacuerdo o incluso considerar inapropiada o errada su opinión.
Como cualquier otro producto de la actividad humana, las opiniones son imperfectas, mejorables, parte de un proceso de ensayo y error. Se pueden cambiar, revisar y editar. Pueden pasar de moda, perder su rumbo o quedarse cojas. Pueden ser atrevidas, irreverentes, anacrónicas, falaces y tontas. Lo que nunca serán -ni deben ser- es sagradas, porque las opiniones son como las muñecas: si pretende que no la toque y no quiere que se la dañe, no me la dé.

El chocolate y la ecología interna


Una para el estrés, una para la dopamina, una para la serotonina...

Una para el estrés, una para la dopamina, una para la serotonina…

Hace poco leí que los humanos tenemos diez veces más células bacterianas que humanas en nuestros cuerpos. Es decir, el cuerpo humano promedio es el lugar que alrededor de 15 trillones de bacterias llaman hogar. Lo cual es bastante interesante dada nuestra tendencia a usar jabones, sprays y cremas antibacteriales todo el día. Por lo visto, intentar eliminar las bacterias una pelea perdida, pero hay quienes no pueden vivir sin peleas, y nadie puede sobrevivir sin bacterias.
El caso es que me puse a investigar sobre estos seres que llevo dentro y aprendí un nuevo término: psicobióticos. Supongo que habrán oído de los antibióticos y hasta de los probióticos, pero los psicobióticos son nuevos para mí y no sí si todos sepan de qué se trata.
Pues resulta que algunas de las bacterias que tenemos en el intestino no sólo nos ayudan a digerir los alimentos, ayudan al sistema inmune y al metabolismo sino que además producen sustancias que pueden afectar nuestra salud mental. En serio. Estos microbios se llaman psicobióticos porque son organismos vivos psicoactivos que afectan el cerebro y el sistema nervioso. En especial, los Lactobacillus helveticus y los Bifidobacterium longum reducen los niveles de cortisol (la hormona del estrés(, y producen GABA, (el neurotransmisor principal del sistema nervioso central), además de otros neurotransmisores como la serotonina y la dopamina, teniendo el mismo efecto que drogas como el Prozac.
En otras palabras, el estrés y la depresión pueden tener una cura tan sencilla como alimentar la fauna interior.
Y lo mejor es que lo que más les gusta comer a Lacti y Bifi (les puse apodos, porque le pongo apodo a todo) es CHOCOLATE.
Así es, varios estudios demuestran que el chocolate ayuda a aumentar las cantidades de psicobióticos. ¿Saben lo que eso significa? Significa que cuando como Nutella, no lo estoy haciendo por mí. Lo estoy haciendo por los trillones de bebés que viven en mí, que necesitan de mí para crecer, ser sanos y fuertes y producir sustancias que llevan a mi bienestar físico y mental.
Comer bien, sobre todo con chocolate de buena calidad, hace parte de un ciclo de amor y felicidad que convierte a mi cuerpo en un ecosistema andante y parlante. Cada uno de nosotros tienen una gran responsabilidad ambiental tanto para con su población interna como externa, y yo como persona ecológicamente sensible y responsable que soy voy a atender las necesidades de mis inquilinos intestinales con todo lo que pueda. Más Rocher y menos Roche será mi lema de ahora en adelante. Que lo sepan mis cepas, en este cuerpo nunca les faltará alimento ni cariño.
Y ahora, si me disculpan, los bebés tienen hambre y tengo que ver si mi EPS cubre recetas de Hershey’s.

El Gran Matini


Atención todos que el show va a comenzar

Atención todos que el show va a comenzar

Todo está preparado. Los asistentes estamos sentados en silencio expectante. Las cámaras están a la mano. El ambiente se siente enrarecido con la promesa de un espectáculo sin igual. Y entonces, llega el mago con una toalla amarrada al cuello, un bigote dibujado con marcador negro y un sombrero que sobró de la celebración de año nuevo. Se nos presenta como El Gran Matini y nos anuncia que hará desaparecer este vaso (tan, tan, taaaan) pero primero debemos cerrar los ojos. Obedecemos. Oímos sus carcajadas mientras esconde el vaso. Con voz grave y ademán teatral nos dice las palabras mágicas, que suenan algo como “abla cabalaba barbas de calamar” y ¡suish! Abrimos los ojos y el vaso ya no está. La sala estalla en aplausos. El Gran Matini da venia tras venia y el show se repite varias veces.

El Gran Matini es sólo el más reciente en una larga línea de magos. Ocasionalmente Emilio el Grande nos concede un truco, y mi papá y yo no podemos ver un naipe sin decirle a la víctima más cercana “escoja una carta”. 
Pero no todo el mundo aprecia una buena muestra de prestidigitación. Creo que en general hay dos actitudes frente a la magia: las personas que sienten que les están diciendo brutos en la cara y cuya misión es tratar de descubrir cómo se está haciendo para hacerlo ellos mismos y así demostrar que el mago no tiene nada de especial, y la gente que sabe que es un truco pero que disfruta del engaño con voluntad de goce. Conozco miembros de ambos bandos y está bien pertenecer a cualquiera de los dos, pero sospecho que a los segundos les va un poco mejor en la piñata. 
Es más, un estudio que leí hace poco afirma que los niños menores de un año que vieron cómo se hacía un truco de magia con una pelota jugaron más con esa pelota que los niños que no vieron el mismo truco. Es más, jugaron con esa pelota por encima de otros juguetes. La razón, dicen los investigadores, es que la pelota los sorprendió y eso hace que quieran examinarla más a fondo. 
Ese creo que es el corazón de la magia. Nos hace examinar más a fondo la realidad, la vida, lo que consideramos posible. Si lo permitimos, un buen truco de cartas nos puede no sólo divertir sino ayudar a ver el mundo con otros ojos. 
Este es el propósito de toda clase de magia, no sólo los trucos y las ilusiones sino la magia del cine, del arte, de los cuentos de miedo y los culebreros: recordarnos que aún hay sorpresas en el mundo.
Así que la próxima vez que alguien le diga que hay un mago en una fiesta, no haga mala cara. Trate de ver los trucos con ojos de niño y recuerde las palabras de Roald Dahl: aquél que no cree en la magia está condenado a nunca encontrarla.

LÁGRIMAS, CÁMARA, ACCIÓN


Fotogénicas, ¿no?

Fotogénicas, ¿no?

He admitido varias veces que la maternidad me volvió llorona (tiene que ver con la prolactina, para que sepan) y ya ni pena me da que mi hijo me extienda un pañuelo en todas las películas de Disney que vemos juntos. No le doy muchas vueltas a aquello de llorar, pero de ahora en adelante voy a pensar un poco más en las lágrimas en sí. Nunca había pensado en la estructura individual de cada lagrimita, pero resulta que cada una es diferente dependiendo de por qué se soltó. Una lágrima producida como respuesta a un estímulo químico, como cortar cebolla o comerse un jalapeño, es distinta de una liberada por un desamor o un golpe. Y al tener una composición química distinta, al secarse forman cristales únicos.
El artista Maurice Mikkers decidió recopilar las lágrimas de sus amigos justamente por esta razón, y las presentó en una colección titulada “Imaginario de lágrimas” en donde muestra fotografías tomadas con microscopio a lágrimas que cayeron por diferentes motivos, junto con la persona a quien pertenece cada una y la circunstancia que la hizo llorar. Con este trabajo Mikkers pretende rescatar la estética del llanto al recordarnos que cada lágrima que derramamos es única, y esta idea me ha rondado la cabeza desde hace días
Por un lado, qué poético eso de que la lágrima que derramé esa vez, por ese novio, por esa pelea, por ese regalo, sean irrepetibles. Por otro, me hace pensar que no todas las personas ni todas las circunstancias ameritan un privilegio tal.Tal vez sea hora de reevaluar los conceptos que tenemos sobre los impulsos lacrimógenos, propios y ajenos. Para empezar, hay que acabar con la idea de que llorar, sobre todo en público, es de mal gusto y mala educación. Y ni empecemos con la noción prehistórica de que llorar es algo netamente femenino (los lagrimales de los hombres son más grandes y por eso pueden contener más lágrimas, así que no es que produzcan menos sino que guardan más) o señal de debilidad.
Otro concepto errado es el de pensar que las lágrimas son todas producto del drama en un intento patético por manipular a los demás. La verdad es que cuando la gente llora de mentiras, no produce lágrimas. Se llama llorar en seco, y es algo totalmente diferente.
Finalmente, está el de medir las lágrimas con la métrica económica de que lo escaso es más valioso y por ende las lágrimas de quienes lloran poco valen más que las de quienes abren las compuertas con un comercial de champú para bebés (“quiero ser tu mamá, pero todo es tan irreaaaaaaaaaal”. Snif.) o de una gaseosa (aún lloro con “eres tu, soy yo, es comenzar a sentiiiiiiiir”) o de lo que sea. Eso es bobada. Ya. Basta.Todos lloramos. Sí, hasta los cocodrilos. Y ahora que sé que las lágrimas son tan lindas, las luciré con orgullo y hasta de pronto las recojo y les tomo fotos.

PD/ Hagan clic en los nombres de las propagandas y me cuentan si lloran como si fueron 1988 otra vez.

Confesiones de una eterna optimista


Tristeza y Alegría. las dos fuerzas que más compiten en mi cabeza.

Tristeza y Alegría. las dos fuerzas que más compiten en mi cabeza.

Yo soy de esas personas que cree que la sonrisa es la mejor arma y la mejor herramienta, de esas que trata de verle el lado bueno a cualquier situación, sobre todo desde que soy mamá. Es más, hasta hace poco creía que mi optimismo era una de mis mejores cualidades. Pero como pasa con frecuencia, apenas estoy súper segura de algo, la vida me muestra que la certeza es pura farsa.
Mi familia ha enfrentado una variedad de situaciones últimamente. No voy a entrar en detalles pero hemos sentido la pérdida en todas sus expresiones y mi estrategia había sido consolar con humor, pero he aprendido que lograr hacer sonreír a alguien que está triste no es necesariamente un triunfo.
La tristeza es importante y hay que darnos tiempo para sentirla.
Esta lección, que debió ser obvia para mí desde hace rato, tomó fuerza cuando vi la película animada de Disney “Intensamente”, protagonizada por las emociones de una niña de 11 años llamada Riley. Alegría, Furia, Temor, Disgusto y por supuesto Tristeza rigen la vida emocional de Riely y los espectadores podemos tener acceso a las tensiones internas de una persona cuyas emociones están en pugna.
En el caso de Riley, como en el mío, Alegría es bastante imponente. Ella cree que es la mejor opción siempre y atropella a las demás emociones para poder controlar las respuestas de la niña. Pero Tristeza le da a Alegría una gran lección: sentirnos tristes nos ayuda a entender qué es lo importante en nuestra vida. Expresar tristeza es la manera como pedimos ayuda y les permitimos a las personas que nos quieren ayudarnos. Sin tristeza, nos obligamos a enfrentar todo solos, y eso puede ser una carga muy pesada.
Además, la tristeza nos muestra el camino hacia la recuperación. Sentirnos tristes nos obliga a revisar nuestras prioridades, a discernir y distinguir entre lo crucial y lo dispensable. Nos aterriza en el momento porque nos obliga a pensar cómo podríamos sentirnos mejor aquí y ahora, y eso nos ayuda a elegir mejor, a tomar mejores decisiones con respecto a nuestro futuro.
Y sobre todo, la tristeza es el camino hacia la compasión, hacia un comportamiento basado en querer evitar la tristeza y la soledad en los demás y en uno mismo. Sentirnos tristes nos ayuda a identificar la tristeza en otros y les dice a los demás que necesitamos comprensión o compañía.
En estas semanas, pero hoy sobre todo, entiendo lo importante que es permitirnos sentir la tristeza y acompañar a quienes la sienten sin atropellarlos con chistes ni ideas sobre cómo sentirse mejor. Hoy entiendo que cuando a uno le deja de doler, le deja de importar.

Sobre el arte de acumular


Tengo una amiga bloguera que lleva varias semanas en un proceso de depuración de pertenencias que ha registrado con fotos y emociones detalladas en su blog.
Todo empezó porque se compró o le regalaron o le encimaron un libro de Marie Kondo y su revolucionario método KonMari que promete devolver el orden y la simplicidad a cualquier hogar usando como base la filosofía japonesa, combinada con el arte de doblar pantalones como si fueran kimonos, el furoshiki (doblar paquetes) y supongo que en algunos casos, el origami.
El KonMari promete acercar espiritualmente a las personas con sus posesiones, ayudarles a que sientan verdadero placer y apego espiritual por las cosas y, como resultado, tener una vida más plena y ordenada.
Hasta ahí, todo suena bien y yo hasta estaba pensando en dármelas de samurái y darle una oportunidad al método este. Pero entonces vi que mi amiga le había hecho el harakiri a su biblioteca y hasta ahí me llegó el entusiasmo.
En lugar de dejarme llevar por la estética minimalista asiática he decidido empezar mi propio movimiento llamado materiafilia.
Fíjense que es distinto al materialismo, en donde la materia es lo primario y conciencia y el pensamiento son consecuencia de ella. Se trata de amor a la materia, a las cosas que representan nuestros viajes y nuestros amores, nuestros recorridos y nuestras pasiones. En lugar de tratar las cosas como estorbo, con vergüenza porque representan los pesos que debimos invertir al ennoblecimiento de la humanidad o algo así, tratemos las cosas con cariño porque nos recuerdan las malas decisiones y las buenas compañías, nos recuerdan lo que éramos y lo que soñamos ser. Nos recuerdan que fuimos y volvimos y compramos y trajimos y botamos y olvidamos.
Como todo, la materiafilia en exceso es mala. El amor desmedido por los trofeos nos nubla el amor por el juego así como la reverencia excesiva del suvenir nos hace olvidar lo importante del viaje. Pero un poco de respeto por esa cosa brillante y de mal gusto que alguna vez nos pareció divina, por esa camisa que nos dejó de servir pero que cuando nos servía nos hacía sentir como diosas o ese regalo que nunca entregamos porque no llegó el momento, esas cosas también merecen un lugar en la casa.
Así que sigan ustedes con la manía de botar y olvidar, que yo me quedo con la mía de honrar todo lo que he sido, aún cuando he sido impulsiva y gastona. Y especialmente, sin remordimientos, cuando el impulso de gastar ha sido por un libro.